
a Salma Hayek en el 2002, cuando participó en mi obra
Los monólogos de la vagina, a beneficio del movimiento de lucha contra la violencia hacia las mujeres, el Día-V, en el teatro Apollo de Harlem. Ella estaba completamente aterrorizada y yo preocupada de que el pánico escénico la paralizara: claro que en el momento en el que salió al escenario y empezó a interpretar un monólogo llamado
Mi falda corta, todo mundo quedó encantado. Lo que recuerdo de aquella vez son sus piernas, sexies y fuertes, y su voz acentuada, profunda y demandante. Su energía era ardiente. Y se me ocurrió esa noche que todo acerca de Salma Hayek era “V”: voluptuoso, vivaz y victorioso. Ella es una persona que deja México en la mejor parte de su carrera, para empezar otra en Estados Unidos; quien se arriesga y produce
Ugly Betty para convertirla en todo un fenómeno televisivo; alguien que hace crecer sus cejas y realmente se convierte en Frida Kahlo y que dice que le encanta levantarse a ver sus rosas crecer, muy temprano en las mañanas.
Glamourosa y de carácter fuerte, vanguardista y muy tradicional, es una feroz feminista. Ahora que es madre le imprime al cuidado de su hija Valentina la misma intensidad e imaginación que definen su arte y su vida. Seis años después de esa noche en el Apollo, Salma y yo forjamos una amistad basada en