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Envía a una amiga
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a Salma Hayek en el 2002, cuando participó en mi obra Los monólogos de la vagina, a beneficio del movimiento de lucha contra la violencia hacia las mujeres, el Día-V, en el teatro Apollo de Harlem. Ella estaba completamente aterrorizada y yo preocupada de que el pánico escénico la paralizara: claro que en el momento en el que salió al escenario y empezó a interpretar un monólogo llamado Mi falda corta, todo mundo quedó encantado. Lo que recuerdo de aquella vez son sus piernas, sexies y fuertes, y su voz acentuada, profunda y demandante. Su energía era ardiente. Y se me ocurrió esa noche que todo acerca de Salma Hayek era “V”: voluptuoso, vivaz y victorioso. Ella es una persona que deja México en la mejor parte de su carrera, para empezar otra en Estados Unidos; quien se arriesga y produce Ugly Betty para convertirla en todo un fenómeno televisivo; alguien que hace crecer sus cejas y realmente se convierte en Frida Kahlo y que dice que le encanta levantarse a ver sus rosas crecer, muy temprano en las mañanas.
Glamourosa y de carácter fuerte, vanguardista y muy tradicional, es una feroz feminista. Ahora que es madre le imprime al cuidado de su hija Valentina la misma intensidad e imaginación que definen su arte y su vida. Seis años después de esa noche en el Apollo, Salma y yo forjamos una amistad basada en
 

un compromiso en común: hacer del mundo un lugar seguro para mujeres y niñas. Es una amistad que nos ha llevado a muchos países; nos hemos mantenido unidas, nos decimos lo que pensamos, hemos llorado juntas y entre nosotras nos cuidamos la espalda.
En el décimo aniversario del Día-V, me senté al lado de Salma en la cocina de su casa en Los Ángeles para platicar de su nuevo rol como mamá de Valentina –a quien amamantaba mientras plati- cábamos– y de nuestra mutua dedicación para erradicar la violencia en contra de las mujeres.

EVE ENSLER: Has sido un elemento muy im- portante de este movimiento. ¿Cómo fue que te llegó a importar tanto el problema de acabar con el abuso a mujeres y niñas?
SALMA HAYEK: A mis 18 años tenía una amiga muy cool, que siempre obtenía las mejores calificaciones, era sofisticada y estudiaba arquitectura en la universidad; era alguien a quien yo admiraba. Estaba convencida que llegaría a ser presidente de México. Después se enamoró y esta niña fuerte y culta se convirtió en una víctima del abuso. Me impresionó mucho ver cómo se envolvía en un círculo de violencia y cómo le desapareció el alma.

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